El hombre parecía haberse
escapado de las mismísimas páginas de un libro de J R R Tolkien, pero lo que
era una verdadera hazaña era llamar la atención en el mismo corazón del South
Beach de Miami.
Para darles una idea,
resaltaba sobre el hombre que andaba desnudo por la calle cubierto tan solo de
una boa constrictora. Ah, y se me olvidaba, y en cuyo pene tenía tatuada la
trompa de un elefante; ¡se imaginaran su tamaño!
Sobresalía por encima de
Tony López, el cubano que diseñó las maquetas originales del Monumento al
Holocausto en Miami Beach. Este se paseaba en bicicleta por toda la playa con
Pepe su gallo, firmemente afincado a los manubrios.
Despuntaba sobre los
transexuales capaces de seducir a cualquier macho despistado que no fuese del
vecindario.
¿Artistas? Estos venían a
descansar, a pasar desapercibidos, a librarse de los “fans”. A tenderse en la
playa, o caminar despreocupados sin recibir la más mínima iota de atención. No
importa quienes fuesen; Caine, Travolta, Willis, Don Johnson, Collin Farrel,
Philip Michael Thomas. Este último tenía hasta un cine-bar al final de Lincoln
Road, pero yo prefería el de Michael con su atmósfera íntima e elegante donde
podía beber las hierbas amargas de Artemisa Absinthium de la Belle Époque; —el ‘diablo
verde’ — del círculo bohemio. Ni las moscas les hacían caso. El paraíso de los
que buscaban pasar desapercibidos.
¡Y dicen que en Miami Beach
no hay respeto! Eso seguro fue un rumor que echó a correr alguien ajeno al
juego. Es el paraíso de ‘haz lo que te venga en gana, porque aquí todo es
normal’. Con contarles que, hasta el famoso Padre Alberto, se dejó capturar por
la onda y sucumbió a la verdadera vida. Lo fotografiaron bajo una manta de
playa con las manos en la maza. Mi marido no veía el momento de llegar a la
casa y enseñarle a mi mama, una de sus ovejas, las fotos del Padre capturado en
fragante por un fotógrafo abusivo que no era parte del entorno.
El personaje llevaba nuestro
mismo trayecto y había tiempo para hacerme todas estas comparaciones. De
repente mi marido comentó —ese, es de tus filas, seguro que es un escritor—.
Antes que pudiese preguntarle a qué se refería, el personaje, que aparentemente
tenía mejor oído que un tuberculoso, paró en seco, dando tiempo a poder alcanzarlo.
¿Está usted perdido? —le
pregunté— «No, quise conocer ‘mis filas’ —comentó—».
Yo solté una carcajada
nerviosa y mi marido tenía cara de quererse perder. Su lánguida y altísima
figura se sostenía con la ayuda de una vara de madera negra que rebasaba por
arriba de su cabeza, su larguísima barba blanca soplaba en el viento como si
supiese qué dirección tenía que tomar. En su cabeza una Yamaka tejida tenía una
flor de la vida en vez de la tradicional estrella de David, la completaba una
trenza sujetada por una margarita plástica. Usaba una capa de invierno en vez
de algo más tradicional que contrastaba con las sandalias que llevaba puestas,
y su morral a medio abrir amenazaba con desparramar todas las hojas almacenadas
dentro.
El personaje tenía que ser
tal cual, original, disparejo, misterioso, insólito, encajaría perfectamente en
el vecindario, lástima que solo estaba ahí para escribir AVATAR, fue un buen
vecino.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario