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| Alba and Henry, La Habana 1949 |
Juré, que, si amanecía, jamás me volvería a preocupar por las amenazas del fin del mundo.
LA HABANA CUBA. ENERO 1, 1959
El Malecón de la Habana nunca había
presenciado una parada semejante y ni siquiera era hora para el desfile de año
nuevo.
Una interminable caravana de vehículos
de las fuerzas Revolucionarias de Fidel Castro se desplazaba como una invasión
de hormigas marabunta transformada en hombres peludos y con barbas hasta el
pecho. La imagen contrastaba con las banderas del 26 de Julio que
salpicaban los balcones de los ricos, en los condominios frente al mar, en la
zona del Vedado.
¿Quién lo hubiese imaginado? La Habana
parecía partidaria de la plaga que acababa de descender de la Sierra Maestra de
Cuba.
La vida, en realidad, no había cambiado
gran cosa después del triunfo de la revolución de los “barbudos”. La
primera indicación de lo que se avecinaba fue la dificultad para conseguir
víveres, que escasearon de inmediato, como por brujería.
La televisión cambió radicalmente; los
programas americanos y espectáculos de variedades fueron reemplazados por
interminables entrevistas a personas torturadas por el régimen de
Batista. La crueldad del hombre contra sus coterráneos era
incalculable. La procesión de personas golpeadas, mutiladas,
torturadas, víctimas de indescriptible crueldad era perenne. Eventualmente
el nuevo régimen rebasaría estas crueldades con sus propios métodos y, en mucho
más corto tiempo.
Un día, camino al parque, cruzando un
cuartel de policía, dos oficiales interrumpieron nuestro paso, arrastraban a un
hombre desnudo y aterrorizado. El hombre apestaba a orines y su cuerpo
estaba lastimado y sucio. Cruzamos miradas brevemente. Fue
una mirada más allá del miedo. Años más tarde entendí esa
mirada. Nunca la he podido olvidar.
La actividad de fuerzas contrarias a
Fidel Castro dentro de Cuba fueron el inicio del verdadero conflicto entre Cuba
y los EE.UU. Los anticastristas plantaban bombas y las autoridades
cubanas acusaron al gobierno estadounidense de estar detrás de estos ataques y,
en ese contexto, se inició una atmósfera de tensión entre ambos países. Fidel
Castro llamó a la formación de milicias para responder a lo que catalogó como
agresión de Washington.
Todas las noches, en el malecón,
pelotones de cubanos se entrenaban marchando. Nosotros, los niños,
nos burlábamos de ellos con una rima; “Uno, dos, tres, cuatro, comiendo mierda
y gastando zapato. Cuatro, tres, dos, uno, si suena un tiro no queda
ninguno”. Al final, teníamos que correr pues, por lo regular, al término
de la práctica nos caían atrás.
La expresión de Antonio, el chofer, era
solemne. Hoy no parecía contento de estar manejando el elegante
Pontiac Star Chief que, afectuosamente, había apodado Marilyn. Camino
al aeropuerto José Martí en Rancho Boyeros, disfrutaba el trayecto con las
ventanas abiertas, algo que era imposible cuando mi abuela venía en el carro
con nosotros. Le había regalado mi conejo y mi perrito a su hija,
por lo menos hasta que volviéramos.
En la pista, un Bristol Britannia 318 de
Cubana de Aviación, estaba siendo revisado antes de su vuelo a Miami,
Florida. Sus pasajeros éramos los últimos del cuerpo diplomático de
la Embajada de los Estados Unidos. La mayor parte de los familiares
ya había dejado el país.
Atrás quedaron las multitudes de
personas que, con sus pasaportes en mano, imploraban que se les diera una visa;
sus caras parecían atrapadas en las marquesinas de las luces de la embajada que
alguien encendía y apagaba intermitentemente, como si estuviera despidiéndose
de los diplomáticos, o quizás, rogandoles de regresar.
Ya una vez en el hotel de Miami, mami
sacó de su bolsa una estatua de Santa Rita. Me pregunté si no podía
haber cargado un objeto más inútil para la ocasión que con la imagen de una
monja con una espina en la frente.
La había apoyado en el mostrador de la
recepción generando una mirada de curiosidad entre los presentes. Segundos
más tarde, separó la base de la estatua extrayendo un fardo de dólares americanos
de sus entrañas. La capacidad de mi mamá para actos teatrales, aún
en situaciones desesperadas, era admirable.
Nuestro exilio acababa de iniciar en el
pequeño y humilde hotel Cortes del centro de una ciudad que hasta entonces
habíamos visitado sólo durante las vacaciones y como residentes en los lujosos
apartamentos de Pine Tree Drive, en Miami Beach.
Entendí que la hija de Antonio se
quedaría por siempre con “Bonnie” y “Nikki”. Después de todo, el fin
de un mundo acababa de manifestarse.
Alba Vales
5/27/16

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