miércoles, 18 de enero de 2017

El Exilio - Un Recuerdo


Alba and Henry, La Habana 1949

Juré, que, si amanecía, jamás me volvería a preocupar por las amenazas del fin del mundo.


LA HABANA CUBA. ENERO 1, 1959

El Malecón de la Habana nunca había presenciado una parada semejante y ni siquiera era hora para el desfile de año nuevo. 

Una interminable caravana de vehículos de las fuerzas Revolucionarias de Fidel Castro se desplazaba como una invasión de hormigas marabunta transformada en hombres peludos y con barbas hasta el pecho.  La imagen contrastaba con las banderas del 26 de Julio que salpicaban los balcones de los ricos, en los condominios frente al mar, en la zona del Vedado. 

¿Quién lo hubiese imaginado? La Habana parecía partidaria de la plaga que acababa de descender de la Sierra Maestra de Cuba. 

La vida, en realidad, no había cambiado gran cosa después del triunfo de la revolución de los “barbudos”.  La primera indicación de lo que se avecinaba fue la dificultad para conseguir víveres, que escasearon de inmediato, como por brujería. 

La televisión cambió radicalmente; los programas americanos y espectáculos de variedades fueron reemplazados por interminables entrevistas a personas torturadas por el régimen de Batista.  La crueldad del hombre contra sus coterráneos era incalculable.  La procesión de personas golpeadas, mutiladas, torturadas, víctimas de indescriptible crueldad era perenne.  Eventualmente el nuevo régimen rebasaría estas crueldades con sus propios métodos y, en mucho más corto tiempo.

Un día, camino al parque, cruzando un cuartel de policía, dos oficiales interrumpieron nuestro paso, arrastraban a un hombre desnudo y aterrorizado.  El hombre apestaba a orines y su cuerpo estaba lastimado y sucio.  Cruzamos miradas brevemente.  Fue una mirada más allá del miedo.  Años más tarde entendí esa mirada.  Nunca la he podido olvidar.  

La actividad de fuerzas contrarias a Fidel Castro dentro de Cuba fueron el inicio del verdadero conflicto entre Cuba y los EE.UU.  Los anticastristas plantaban bombas y las autoridades cubanas acusaron al gobierno estadounidense de estar detrás de estos ataques y, en ese contexto, se inició una atmósfera de tensión entre ambos países.  Fidel Castro llamó a la formación de milicias para responder a lo que catalogó como agresión de Washington. 

Todas las noches, en el malecón, pelotones de cubanos se entrenaban marchando.  Nosotros, los niños, nos burlábamos de ellos con una rima; “Uno, dos, tres, cuatro, comiendo mierda y gastando zapato.  Cuatro, tres, dos, uno, si suena un tiro no queda ninguno”.  Al final, teníamos que correr pues, por lo regular, al término de la práctica nos caían atrás.

La expresión de Antonio, el chofer, era solemne.  Hoy no parecía contento de estar manejando el elegante Pontiac Star Chief que, afectuosamente, había apodado Marilyn.  Camino al aeropuerto José Martí en Rancho Boyeros, disfrutaba el trayecto con las ventanas abiertas, algo que era imposible cuando mi abuela venía en el carro con nosotros.  Le había regalado mi conejo y mi perrito a su hija, por lo menos hasta que volviéramos.

En la pista, un Bristol Britannia 318  de Cubana de Aviación, estaba siendo revisado antes de su vuelo a Miami, Florida.  Sus pasajeros éramos los últimos del cuerpo diplomático de la Embajada de los Estados Unidos.  La mayor parte de los familiares ya había dejado el país.

Atrás quedaron las multitudes de personas que, con sus pasaportes en mano, imploraban que se les diera una visa; sus caras parecían atrapadas en las marquesinas de las luces de la embajada que alguien encendía y apagaba intermitentemente, como si estuviera despidiéndose de los diplomáticos, o quizás, rogandoles de regresar.

Ya una vez en el hotel de Miami, mami sacó de su bolsa una estatua de Santa Rita.  Me pregunté si no podía haber cargado un objeto más inútil para la ocasión que con la imagen de una monja con una espina en la frente. 

La había apoyado en el mostrador de la recepción generando una mirada de curiosidad entre los presentes.  Segundos más tarde, separó la base de la estatua extrayendo un fardo de dólares americanos de sus entrañas.  La capacidad de mi mamá para actos teatrales, aún en situaciones desesperadas, era admirable. 

Nuestro exilio acababa de iniciar en el pequeño y humilde hotel Cortes del centro de una ciudad que hasta entonces habíamos visitado sólo durante las vacaciones y como residentes en los lujosos apartamentos de Pine Tree Drive, en Miami Beach. 

Entendí que la hija de Antonio se quedaría por siempre con “Bonnie” y “Nikki”.  Después de todo, el fin de un mundo acababa de manifestarse.

Alba Vales
5/27/16

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