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| LA MALDICIÓN DE OMYODO |
El Anciano y El Cuervo
Una planicie solitaria y lúgubre
era castigada por una copiosa nieve que dificultaba el paso. En la oscura penumbra se distinguían las sombras
secas y torcidas de los escuálidos árboles quemados por el frío; sus ramas
incapaces de sostener los copos de nieve que las cubrían; un panorama que se
extendía hasta los confines con el horizonte.
Chispeando como una alucinación, se veía la leve luz de
una llama en la distancia. Un anciano se aferraba a su pálido fulgor; la
única señal que alimentaba su necesidad de encontrar un refugio. El
techo de una cabaña se delineaba entre las sombras que preceden a la noche,
definiéndose más sólidas según el hombre se acercaba. A través de
las ventanas emergía el resplandor de la manteca quemándose en las lámparas que
iluminaban una placentera estancia ocupada por tres pequeños y una mujer. El anciano consideró por un segundo que podía
estar muerto, cuando un delicado perfume de mirra comenzó a inundar su olfato.
Tocó a la puerta.
Una acogedora señora
de edad indefinida, de cachetes rechonchos, y sonrisa suave, lo miraba extrañada. El
impacto de su apariencia le era tan obviamente insólito a la mujer que el
anciano en un tono de voz que semejaba una disculpa, le afirmo con debilidad, que
tan solo buscaba refugio de la tormenta.
Afortunadamente, al escuchar
que la sombra oscura e indefinida del bulto que se enderezaba ante ella se
podía comunicar, la señora lo apremió a que pasara.
Los niños se levantaron de la mesa curiosos por la nueva compañía, y de ver a alguien tan extravagante como el extraño personaje parado frente a ellos.
Esbozando la sonrisa más afable
que su débil condición le permitía trazar, el hombre apoyándose en la vara que
completaba su atuendo, se inclinó al nivel de los niños, con la intención de acariciarles
la cabeza.
El más joven de ellos dio un
paso atrás antes de que la mano con sus raquíticos dedos lo tocasen,
seguidamente corrió a esconderse detrás de su madre. Los otros niños se quedaron en su lugar
detallando al singular y extraño individuo. Sus ojos reflejaban la gran
curiosidad que semejante espectáculo les causaba.
El hombre se desembarazaba
de las capas de piel con colas y patas debajo las cuales llego escondido. Su traje, una túnica negra de falda amplia
resaltaba el cabello acomodado en trenzas de diferentes tonos de gris que cubrían
gran parte de su torso, como la llamativa barba que también trenzada, se amoldaba a su pecho. La
barba estaba entretejida con pequeñas cuencas.
Los niños perplejos, se miraron con complicidad. Jamás habían visto un hombre semejante, e incapaces de pestañear, absortos como estaban en el vestuario del anciano, al sentir un revolotear de alas en la túnica, se sorprendieron.
El hombre sepultó su
mano derecha en el hueco de su brazo, retirando un cuervo de abundante plumaje. Tenía
los ojos negros como el azabache. Resplandecía su cola de plumas largas
tan suaves como el algodón y su pico, negro como sus ojos, completaba el
contorno de su cabeza.
El cuervo era el último de su especie; una que existió cuando el hombre convivía en concordia con la tierra y los animales. Era capaz de hablar, y sabia muchos cuentos. Los acumulo a través de los años.
Los niños estaban pasmados. ¡La idea de un cuervo
que podía hablar y contar fábulas era asombrosa!
El hombre se sentó con el
cuervo encaramado en su hombro.
El cuervo dominaba por
completo la atención de todos. Era un
cuervo que contaba fabulas para quienes lo quisieran escuchar.
Los niños le suplicaron al
cuervo que les contase una.
El cuervo enderezo su
cuello, mientras su pico y lengua craqueaban imitando el sonido de los brotes
de bambú, encrespo las plumas de su cola, entornó su cabeza, extendió sus alas alcanzando
el doble de su volumen, y en un tono de agradable cadencia, comenzó el cuento
de “La Loba”, una narrativa que extrañamente replicaba la atmósfera austera y
helada donde se encontraba el improbable grupo.
La Loba
…—
«La tundra gélida de Altái despedía un frío punzante. En la penumbra de sus
bosques el tenue reflejo de la luna seguía los pasos imprecisos de un niño
atrapado en las sombras de sus tinieblas.
Para los ojos escondidos en la oscuridad era una antorcha reflejando a
su presa.
La noche impenetrable era ideal para que los ancianos se
reunieran en torno al fuego y contaran historias de terror; historias que se
podían contar solo en las tinieblas y que, como las patas de una araña, se
movían entre los huesos de los seres humanos inundándolos con imágenes llenas
de pavor, imágenes del pasado de esas tierras, de la noche cuando un niño desapareció.
Durante
noches enteras los narradores kaichi, narraban la leyenda en un canto gutural
que llamaban ‘kai’, acompañado por el sonido agudo y penetrante del tapshure,
un instrumento musical de dos cuerdas que nutría el tono lúgubre de la
narración.
A lo lejos, en lo alto de las colinas del norte de
Mongolia, los maestros chamanes contaban con sus ancestrales sabidurías para
conducir sus rituales; las practicaban desde la antigüedad, una que se extendía
por más de 40,000 años. Esa noche, las
ceremonias y hechizos estaban acompañados por los inquietantes aullidos de una
loba, un sonido desagradable, espeluznante, que presagiaba la leyenda que
cobraría vida.
Una edificación que semejaba un gigantesco nido con una
unica y pequeña entrada, había sido diseñada para un solo propósito, proteger a
los niños, era una precaución necesaria.
Dos ancianos velaban sus sueños pues ellos bien sabían que el incesante
aullido no cesaría hasta hacerse con uno de ellos. La Loba tenía que
consumar la leyenda.
Dos alces fueron sacrificados para sosegar un hambre que
no se saciaría hasta obtener la presa humana.
Los hombres jóvenes y fuertes practicaban ‘La Danza de
las Diez Bestias’. Uno de ellos particularmente capaz en la
transformación, tomó la forma de un Dragón que con alas extendidas volaba
velando la posibilidad del rapto de uno de los niños, consciente de que La Loba
no sería disuadida fácilmente. El
gruñido visceral de La Loba, era un llamado que no cesaría hasta ser
reconocido. En aquel momento un niño desaparecería para siempre.
En un lapso donde se escuchaba sólo el viento cruzar por
las colinas y en su fondo las voces lejanas de los hechizos, una exclamación de
alarma alertó sobre aquel lecho vacío. ¡Perún! Faltaba Perún, su catre estaba
frío, las mantas enrolladas habían engañado a los guardianes. La Loba se
había salido con la suya.
En la planicie, los ojos de todos los lobos seguían a su
presa, el círculo se cerraba cada vez más en torno al niño, quien ajeno al
peligro, continuaba su avance en medio de la oscuridad.
Saliendo de la nada, La Loba brincó, ¡fue un salto descomunal! Sus pupilas ardían como
ámbares de un fuego infernal y sus colmillos retaron con ferocidad salvaje a
las bestias que quisieron arrebatarle a su presa; con sus afiladas garras mutiló
sin piedad a aquellos que osaron desafiarla. El niño le pertenecía.
Levantándolo en sus poderosas mandíbulas, desapareció
envuelta en las tinieblas de la noche, llevándoselo a su guarida. Su
atención se volcó sobre el niño. Lo había descansado en un tálamo de
hojas acarreadas por el viento. La mirada del niño era incauta, estiró su
brazo y acaricio a la bestia. La Loba lo olfateaba con nerviosismo.
El contacto completó el vaticinio que los transformaba en leyenda, el
“Guardián de la Tundra y La Loba”. Destinados a revocar la maldición de
un mago.
El cuervo estiraba sus alas
y enfatizaba la narrativa con sus movimientos. Los niños, estaban pasmados por
la historia.
-. Hace muchos años, -interrumpió el hombre- cuando el
mundo era muy joven, antes de que los animales se comieran los unos a los
otros, muchos eventos que entonces tuvieron lugar ahora son leyendas.
Y continuó:
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